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ALMENDROS FLOR RUBITE

EL ALMENDRO Y SU FLOR ALPUJARRA BAJA – CONTRAVIESA.

Foto: Mª Carmen Estevez
En estos días del mes de febrero tenemos la ocasión de disfrutar de un paisaje maravilloso al sur de Sierra Nevada en la zona de la Alpujarra Baja – Sierra de la Contraviesa y zona sur de la Sierra de Lujar, municipios como Torvizcón, Cadiar, Polopos, Sorvilán y Rubite se tiñen de color y olor de cientos y cientos de flores blancas, grises y rosáceas sin olvidar el cielo azul o mar de niebla que nos acompaña estos días lo que nos hace aun mas disfrutar de ello, todo un espectáculo único.
La floración suele durar de dos a tres semanas dependiendo de la variedad y las temperaturas de cada año.
La almendra es un fruto seco que nace del almendro de variedades conocidas en la zona como marcona, redondilla o comunas, se suele recolectar desde finales de agosto en adelante tras su maduración, es un fruto utilizado en repostería (mantecados y turrones) gastronomía, aunque se consumen crudas, fritas, tostadas.
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Nuestro país es el segundo productor mundial de almendra 60.000 toneladas en grano (año 2009), después de EEUU, siendo nuestra comarca una de las mayores productoras donde su cultivo esta bastante extendido en terrenos montañosos, secos e inverosímiles, con mucha inclinación y difícil mecanización lo que dificulta su labor.
A pesar de la desaparición de bestias y animales aun se siguen viendo mulos arando los campos y cargados de producto en la época de la recolección del fruto.
Se comenta que este fruto fue traído de oriente por los fenicios y cuidados posteriormente por romanos, árabes y cristianos, los almendros sustituyeron a las masivas plantaciones de viñas destruidas por la plaga de filoxera a finales del siglo XIX en la zona, cultivo que logró revitalizar unas tierras que quedaron arrasadas y a un paso de la desertización.
“Cuenta la leyenda que el califa árabe, Ibn-Almundim, al ver llorar amargadamente de nostalgia a su esposa Gilda por la nieve que cubría su lejano país natal, ordenó plantar miles de almendros para que las blancas flores hicieran de copos de nieve y calmar así la melancolía de su amada.”
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Germán Acosta Estévez.

“LA ALLOZA, BOCATTO DI CARDINALE”
No. No es un nombre ni un fruto más. La pepita, que diría un castizo capitalino de Rubite, es un fruto “mu calioso”; más aún, es una seña de identidad de este rincón alpujarreño.
Los que frisamos ya cierta edad, recordamos cómo, a finales de febrero y principios de marzo, en los bolsillos de nuestros “esmirriaos” calzones, nunca faltaba un puñado de sal guardado, de forma cuidadosa y secreta, en un trocillo de aquel papel de estraza en el que envolvían los alimentos a nuestras madres en la tienda del pueblo. La mezcla de sal con la almendra verde y tierna era el snack más delicioso y asequible de aquellos tiempos.
De camino a la escuela, los almendros de Los Sifones, los de La Haza de la Era o aquellos de los alrededores de la Cruz se poblaban, de repente, con un auténtico enjambre de rapaces en busca del preciado tesoro. Después de las horas lectivas, tras imitar un rato a los monos pasándonos de un ailanto (llamado también árbol de los dioses o árbol del cielo) a otro en el patio de la escuela o de jugar a “la banda” o a “borrego” y, asegurados de que no había “moros en la costa”, dábamos otro “rebezo” a la alloza. Y eso que Antonio “el Encargao” ponía todo su celo en evitar nuestros asaltos: algunos tirones de orejas, alguna amenaza de decírselo a nuestros padres, alguna que otra multa cayó; también alguna “capuana” al llegar a casa…Daba igual. Éramos tan cansinos y tan inconscientes que, al día siguiente, volvíamos a insistir en tan placentero delito.
Había auténticos profesionales en dejar “pelaos” los “fardales” de los almendros: los de la Haza Llana eran unos “atélites” en este cometido; los “garranchines” del Barrio de Allá, avezados especialistas en la materia.
Esas allozas eran el sustento básico del pueblo desde que las viñas se fueron abandonando. Ya a mediados del verano, la niebla agostiza pintaba de otro color los bodoques bordados sobre el mantel de la fronda de los almendros. Era tiempo de aforar: en algunos pagos había un “frutazo”, en otros tan sólo un “pintorreo”. Poco después los campos se llenarían de vida: numerosas cuadrillas inundaban las parcelas con los ecos de sus risas, sus bromas y sus chascarrillos. Tan sólo un poco de sosiego cuando el manijero decía de parar un rato para “echarse una punta” o “jumarse un pírfano”.
“A dos manos, que con una sola, amargan”, decían los más viejos. ..Y eran sacos y sacos de hilo de pita, auténticos talegones que hacían bufar a las bestias de carga al afrontar las “pinas” cuestas que salpican los caminos y veredas de Rubite. Terminado el “roal”, había que pregonarlo a grito “pelao” y “echar los cigarrones” a los que todavía les quedaba faena por los alrededores.
Por otra parte, para las madres que tenían varios miembros en el tajo era un auténtico quebradero de cabeza el articular las comidas: unos se tenían que ir “habiaos”, a otros dejárselas preparadas para cuando los muleros llegaran al pueblo con las cargas, y a otros había que llevarles la comida al último confín, “pasando las abelicas” al ir cargadas con varios cenachos o cestas de caña por aquellas insufribles cuestas; la vuelta se aprovechaba para empaquetarse un hacecillo de leña con un ramal con tarabita de madera.
Esa lluvia de jornales, que eran inferiores en cuantía económica para las mujeres, propiciaba un ambiente animado en los bares y en los bailes domingueros; la puerta del Casino era un INEM improvisado donde la gente aguardaba la llamada de algún patrón para los próximos días.
Después de “dar de mano” o de haber apurado ya una finca, la rebusca era una tarea básica, sobre todo para los más jóvenes, pues un buen copo de almendras “pelaícas” garantizaba un atuendo y unos zapatos en condiciones para la Función en octubre, así como también un dinerillo extra para convidarse con los amigos de la pandilla o las novietas. Algunos metían la mano directamente en el saco aprovechando cualquier despiste del encargado de la cuadrilla o capataz de turno y ganaban el jornal en un instante. Para este menester se llevaban bien dobladas en el bolsillo o bien una talega de tela, o bien una bolsa de “tu-tú”, ese detergente en polvo de entonces que utilizaban las mujeres para lavar la ropa en el Barranco Ferrer y que después blanqueaba tendida en las enhiestas junqueras o en las espinosas esparragueras del entorno.
La labor de la “partiúra” era realizada por las mujeres de la casa en colaboración con otras del núcleo familiar o de aquellas vecinas serviciales e impagables que se tenían entonces; escoger la pipa concentraba a gran parte de la familia en torno de una mesa, a la que de vez en cuando se sumaba el pretendiente de alguna de las jóvenes que había acudido al evento (una colaboración interesada, pero bienvenida). Los cascos o trozos partidos de almendra, que no tenían buena venta, se tostaban y se metían dentro de un higo seco para comerlo con fruición (un manjar humilde, pero que no desentonaría en eso que ahora llaman alta cocina) o para hacer garrapiñá o pan de higo: ¿alguien da más?
Un buen escandallo era señal de unas Pascuas en condiciones: desde la Purísima hasta Reyes habría diversión en la calle y en las tabernas: en estas, era común “echarse un punto al monte”: una apuesta “a salto seco” al caballo que había venido “en puertas” desataba la locura en el personal que, de inmediato y al unísono, prorrumpía en “canticios” muy sonoros, pero poco melódicos, mientras se arremolinaba bruscamente sobre la mesa para cobrar su premio, lo cual precipitaba al croupier encargado de tallar los naipes que, con voz enérgica y “apitonada”, pronunciaba las consabidas palabras: “ no me toquen posturas”.
Enero y febrero volverían a obrar el milagro otro año más en el Jerte alpujarreño para auténtico disfrute de los sentidos: el blanco y el rosáceo intenso formarán de nuevo una postal de ensueño; unas semanas más tarde, con la brisa intensa o un poniente más recio, se podrá contemplar el espectáculo de ver a los almendros derramar un mar de lágrimas blancas.
Marzo está aquí de nuevo y, de forma instintiva, me “atiento” el bolsillo. Ya no hay escuela, y los pocos niños que quedan, llevan en el bolsillo un móvil “to pollúo” en lugar de sal para el tan preciado banquete de las allozas.
Perdonadme, pero creo que me he quedado traspuesto debajo del “abarcoque” con este tibio sol poniente y estaba soñando con el ayer.
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Foto: Germán Acosta Estevez